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Cimbra Histórica. El papel de la carretera como vía de comunicación social y cultural

Martes, 07 Junio, 2022

En 1999, en el número 331 de Cimbra, la revista especializada en Ingeniería Civil del Colegio de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas, se hablaba ya de la relación de las carreteras, en plena expansión en nuestro país, con la cultura y con la sociedad no solo de la época, sino de siglos anteriores.

Una vía de unión que nos ha permitido desarrollarnos como país, más allá de los milenios y cuya historia nos resume el autor, Faustino Merchán Gabaldón, Ingeniero y Periodista Científico. Os dejamos con este artículo de hace 23 años. 


Que la carretera haya entrado a formar parte del complejo entramado de nuestra vida nadie podrá dudarlo, desde cuando era blanca y polvorienta hasta cuando la suavizaron vistiéndola de negro-bituminoso. Como consecuencia de los modos de vida contemporáneos, nuestra percepción del medio circundante la obtenemos a través de las ventanillas de un vehículo. La carretera se transforma así en un elemento determinante de las secuencias visuales de nuestra existencia. 

La cultura exige comunicación y, por ende, desplazamiento, acercamiento y contacto. Así pues, la cultura ha podido existir porque hay caminos, incluso cuando los que transitaban por ellos no querían traficar cultura, sino telas, ganado, armas, especias o esclavos. Se ha contemplado la carretera como soporte de cultura, arte, ocio y, por todo ello, elemento imprescindible en la actividad del ciudadano actual. Una parte importante del tiempo del hombre actual transcurre. Aunque el fenómeno no es nuevo, ya que un ciudadano del Imperio Romano o del Renacimiento también lo pasaba, sí es nueva la movilidad y la celeridad.

Independientemente de la creación artística enmarcada en la carretera, ella, por sí misma, es fuente de expresión estética, la cual en el momento actual puede llegar a ser una de las más características de nuestro siglo. Los grandes puentes, los trazados armoniosamente integrados en el paisaje, las zonas de reposo o las embocaduras de los túneles pueden ser ejemplos de este “arte vial”.

Unamuno, de una manera cartesiana y directa, relaciona el estado de los caminos con el conocimiento artístico y cultural: “La España pintoresca y legendaria será mucho mejor conocida que lo es por los españoles, se entiende, si tuviéramos mejores caminos…”

El camino

En fin, a la dicotomía, el camino como medio de difusión de cultura y el camino como marco de cultura, se le puede añadir “el camino como objeto de cultura” o al menos como “cómplice necesario de cultura”.

En la literatura española de narrativa, el libro básico por excelencia, “El Quijote”, es una novela “andante” con su caballero y con su visión del mundo a través de paisajes, encuentros, paradores y guardias. “Andar tierras y comunicar con gentes diversas hace a los hombres discretos”, escribió Miguel de Cervantes. “Recorriendo los caminos, Don Quijote y Sancho intercambiaban sus sabidurías”. 

El automóvil y la carretera han contribuido a ordenar el territorio y a crear, al tiempo, una fuente muy rica de epopeyas individuales, solitarias y colectivas. El asfalto, material rico y noble, ha creado su propia cultura estética (motoristas agresivos y rockeros, camioneros de interminables jornadas y vivencias, la larga y penosa ruta del “bacalao”, etc.).

Muchos elementos propios del camino como puentes, hitos de señales, etc. son en sí mismos elementos de arte y de cultura de una época y de una civilización. El camino en sí mismo es un elemento funcional básico por el que transita gente de todo tipo y condición. Es un escaparate con sus vallas publicitarias.

Los reyes y los señores feudales construyeron en la antigüedad grandes arcos en los puntos más concurridos y en las entradas de las aglomeraciones urbanas. Hay que recordar que, en España, el cargo de Bará y las grandes puertas de las ciudades. En versión muy actual, los dos grandes arcos de Jesús Gil en las entradas al término municipal de Marbella. Estos arcos triunfales, petulancia hecha fábrica, pretenden ubicar el feudo de un regidor actual.

En el mundo actual de las autopistas, las áreas de servicio con sus pasarelas, restaurantes y gasolineras, son zonas donde la imaginación de Ingenieros y de Arquitectos puede dejar testimonio rico y singular. Baste recordar por su importancia algunas de ellas: la ruta de la seda, las vías romanas y la ruta de Santiago.

Redes de carreteras

Las redes de carreteras nacieron sobre la marcha y se formaron, no al andar, como bien es sabido, sino por causa de una cierta atracción gravitatoria de los nudos, que ahora ya lo explican las teorías matemáticas. Respondían por imitación romántica de las homónimas ferroviarias, a la azarosa aventura del presunto viajero perdido. 

El automóvil era un lujo del que pocos disfrutaban y el infrecuente viajar por carretera a largas distancias estaba siempre propicio a pinchazos que era conveniente prevenir, contando con la información sobre socorros y ayudas. 

La carretera española había adquirido ya el rango de red viaria con guía propia. Lo había obtenido de manos (de ruedas) del vehículo que, para siempre, la iba a canonizar sometiéndola a su total servidumbre. Pero, como el Instituto Geográfico Nacional no ultimó hasta bien entrada la década de los años cuarenta las hojas de nuestro bien ponderado mapa 1/50.000, las recién aparecidas Guías Michelín, sirvieron eficazmente. 

La carretera, bajo el dictado modernizante de la automoción, pronto iría perdiendo el efímero elitismo con que difícilmente vino, entrando en la década de los 40 y que fue diluyéndolo con el creciente funcionalismo, premonitor del transporte actual.

La comunicación, en su sentido más amplio, es la base de toda evolución cultural. Los caminos y la lengua son los dos pilares principales de esa evolución. Si atendemos a España, difícilmente se puede encontrar otro país en el que los caminos hayan tenido un papel tan decisivo. La historia de España es un continuo ir y venir a lo largo de un sistema de comunicaciones que se extiende, no solamente por la Península, sino por una gran parte de la geografía universal.

El automóvil

Entre las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, casi todos los países con un cierto grado de desarrollo industrial fueron protagonistas de movimientos que trataban de romper radicalmente con el pasado. Fue aquél un momento convulso y complejo, en el que la búsqueda de lo nuevo atacaba con fuerza las raíces más profundas de lo social, política, económica y culturalmente consolidado.

En medio de semejante panorama, alternando hábitos de consumo, despertando anhelos y alimentando los sueños de los más aventureros, surge la máquina que cambiaría el curso de la historia: el automóvil.

La modernidad está alumbrada por la primera revolución industrial y en ella son los Ingenieros los que establecen las pautas y crean una nueva cultura tan importante como lo fue la agricultura en los tiempos remotos.

Aparecen los aeropuertos, que proporcionan la infraestructura adecuada a la otra máquina, la aeronave. Estas pistas y no se han extrapolando o interpolando reglas de buena práctica, que pasan de constructor a constructor en un lentísimo proceso de prueba y error, como hacían los constructores de los puentes de piedra. 

Las pistas y las carreteras se configuran de una manera científica. Se empezaron a manejar fórmulas seguras sobre el comportamiento de los materiales y el progreso de catapultó arrastrando formas caducas de construir e incluso de vivir. Y no se me negará que esto es cultura. 

Autor. Faustino Merchán Gabaldón. Ingeniero y Periodista Científico.

Número 331. Diciembre de 1999. Puedes ver números recientes de Cimbra aquí.