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Cimbra Histórica. El arte romano de suministrar las aguas (I)

Viernes, 05 Agosto, 2022

En la sección de Cimbra Histórica, del Colegio de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas, continuamos rescatando aquellos artículos destacados de la historia de la revista de Ingeniería Civil del CITOP, la cual ya cuenta con 421 número publicados. 

En su edición 374, correspondiente al año 2007, Isaac Moreno Gallo, reputado Historiador e ITOP, analiza el arte romano de suministrar agua en las ciudades, a través de las diferentes construcciones e infraestructuras llevadas a cabo por el Imperio.

Recogemos este estudio de nuestro Colegiado en dos partes, comenzando por el contexto político y social de la gestión del agua, que servía de reclamo publicitario para conseguir el apoyo de las grandes masas al régimen. 

Introducción

Roma fue un ejemplo para la humanidad en la aplicación de la ciencia al servicio del hombre. Su avanzado derecho es hoy todavía la base del nuestro y la Ingeniería era empleada en las grandes realizaciones al servicio del pueblo, las Obras Públicas. Una gran red de carreteras comunicaba las ciudades del Imperio y las aguas se dominaban para servir a la agricultura, a la industria y a la salud de la población.

La civilización romana y el Estado de Bienestar

En el año 312 a.C., el primer acueducto llevaba agua de excelente calidad a Roma. Al final de la vida de la gran ciudad, fueron diez los que suministraban a la urbe cerca de 1.000 millones de litros de agua por día.

La mitad de este impresionante suministro era para los baños públicos y, el resto, para los otros consumos de los dos millones de habitantes de la ciudad. La equivalencia de 250 litros por habitante y día es una cantidad superior a lo que consumen hoy muchas ciudades modernas, como es el caso de Londres o de Nueva York. En 1954, cuatro de esos acueductos fueron renovados y bastaron para satisfacer las necesidades de la Roma moderna.

Los baños públicos de Roma dan una idea de la importancia del agua para la ciudadanía. Los de Caracalla tenían, en el 200 d.C., una capacidad para 1.600 personas simultáneamente y los de Diocleciano, en el 280, tenían unas 3.000 estancias.

Los viajeros encontraban baños públicos en las proximidades de las ciudades y, dentro de ellas, los ciudadanos con cierto poder adquisitivo tenían piscinas de agua caliente y fría dentro de sus casas. Los más modestos, al menos, contaban con una bañera. Para ellos, el aseo y la higiene constituían un modo de vida irrenunciable. 

Los ediles supervisaban la calidad de los alimentos, la limpieza de los caminos y el correcto funcionamiento de los acueductos.

La salubridad llegaba en el mundo romano incluso a la forma de deshacerse de los cadáveres. La cremación era el sistema universal, que solo fue sustituido por la inhumación por las creencias cristianas en la resurrección de la carne. 

De esta forma, las medidas sanitarias e higiénicas del mundo romano no se han alcanzado hasta bien entrado el siglo XX y esto solo ha ocurrido en el llamado Primer Mundo o el mundo occidental.

Satisfacción de la demanda

El abastecimiento de aguas a las poblaciones en el mundo romano era una necesidad política y sanitaria. Al ser inexcusable para el mantenimiento del modo de vida romano, la dotación de agua a las poblaciones se resolvía incluso antes que otras de las Obras Públicas también muy necesarias para el desarrollo de la ciudad.

La posibilidad técnica del abastecimiento de agua potable a las ciudades condicionaba en la mayoría de las ocasiones el propio establecimiento de éstas, incluyendo la posición exacta del núcleo urbano. 

Vitruvio apunta claramente la necesidad de encontrar aguas en suficiente cantidad y calidad que posibilitase el desarrollo de la ciudad, así como la forma de comprobar su calidad de conducirla y de distribuirla.

Para los gobernantes romanos, el abastecimiento de agua se convertía en una prioridad, de forma que un servicio esencial como éste era cuidadosamente procurado, legislado y administrado. 

Frontino asume el cargo de Administrador de las Aguas de Roma en el 97 d.C., en sus propias palabras, como un honor recibido del Emperador Trajano. Gracias al hombre riguroso y minucioso que fue, conocemos la importancia de la administración de las aguas en las ciudades y muchos de los detalles legislativos y técnicos en que se sustentaban, ya que los dejó escrito y pormenorizados en su obra.

Tal era la importancia del recurso, que las canalizaciones estaban protegidas legal y físicamente, no solo en su trazado estricto, sino en una amplia franja en forma de zona de policía, para lo que se colocaban hitos de balizamiento donde se podían leer las limitaciones de uso establecidas.

Lo cierto es que, aprovechando el terreno público mal vigilado, se llegaron a establecer en los últimos momentos del Imperio tumbas junto a los acueductos tumbas (cuando aparece la costumbre cristiana de enterrar a los muertos), con el grave problema sanitario que el tema conllevaba. Recientemente, se han hallado un buen número de enterramientos junto al acueducto del Gier, en Chaponost, en el lugar llamado Les Viollières.

Existían, así, personas encargadas de la vigilancia, de la reparación y del mantenimiento de los canales. Las leyes establecían claramente las penas o las sanciones económicas inherente a los incumplimientos, infracciones e incluso robos de agua o destrucciones del canal que pudieran producirse y que, de hecho, se producían, como narra Frontino: “Una segunda discrepancia se debe a que una cantidad de agua se capta junto al depósito de toma, otra, considerablemente inferior, se encuentra en las arquillas y, finalmente, la más pequeña, en el lugar de la distribución. La causa de este hecho es el fraude de los fontaneros, a los que he sorprendido desviando el agua de los conductos públicos para provecho de los particulares. Pero también la mayoría de los propietarios, al borde de cuyas tierras pasa el acueducto, agujerean las estructuras de los canales de donde resulta que los conductos públicos interrumpen su recorrido normal en beneficio de particulares o para uso de sus jardines”.

En el estado de derecho que fue el romano, el interés público primaba de extraordinaria manera sobre el privado en todos los ámbitos: “…El Senado, preguntado su parecer al respecto, tomó la decisión siguiente: que a ninguna persona privada le sea permitido hacer tomas de los conductos públicos y que a todas aquellas a quienes les haya sido concedido el derecho de desviar agua, lo hagan de los depósitos de la distribución […] El derecho del agua concedida no se transmite ni al heredero ni al comprador ni a ningún nuevo propietario de las haciendas. A los baños públicos se otorgaba desde mucho tiempo atrás la prerrogativa de conservar a perpetuidad el agua una vez conseguida. En la actualidad, toda concesión de agua se renueva con el nuevo titular”.

El celo en la satisfacción continuada de la demanda llevaba a prevenir las contingencias que pudieran interrumpir el suministro: “Incluso en todas las partes de la ciudad, las fuentes públicas, tanto las nuevas como las antiguas, recibieron cada una, en su mayor parte, dos tomas de diferentes acueductos, de modo que si un accidente dejaba inservible una de ellas, el servicio no se viese suprimido al ser suficiente la otra”.

Los técnicos romanos sabían cómo evitar que el suministro no se viera afectado por mucho tiempo en caso de avería: “Nadie pondrá en duda, pienso yo, que los conductos más vigilados deben ser los que están más próximos a la ciudad, es decir, los que se asientan sobre piedra tallada a partir de la séptima milla, porque no solo son una obra de enorme dimensión, sino porque cada uno soporta muchas conducciones. Y si fuese menester interrumpirlos, dejarían a la ciudad privada de la mayor parte del aprovisionamiento de agua. Hay, sin embargo, soluciones para afrontar, incluso, dificultades de este tipo: se construye un andamio y se le eleva hasta la altura del conducto dañado, luego un lecho con canalizaciones de plomo se empalma a través del espacio del acueducto interrumpido”. 

El efecto publicitario del agua

Los gobernantes lograban el respeto y la admiración de la población mediante la construcción de Obras Públicas y, entre ellas, las destinadas al suministro de agua, contaban con el mayor de los aprecios. 

El efecto benefactor que sobre el pueblo tenían los acueductos era la mejor publicidad que gobernantes y potentados podían hacerse en aquella época y, desde luego, no desaprovechaban la ocasión de perpetuar el hecho de inscripciones colocadas al efecto.

Suponemos que los actos inaugurales en estas obras guardarían no poca semejanza con los que hoy se realizan sobre la gran Obra Pública.

Las obras de conducción de las aguas, desde su lugar de origen hasta el lugar de distribución o depósito, eran muchas veces técnicamente complicadas y siempre costosas. Pero la población no apreciaba convenientemente estas realizaciones si finalmente quedaban ocultas, como ocurría la mayoría de las veces. 

Tal vez por estos motivos, en no pocas ocasiones, se optaba por vistosas obras, dudosamente necesarias pero de un efecto publicitario indudable. Son mucho los casos en los que las grandes arquerías podrían haberse sustituido por sifones mediante tuberías, igualmente eficaces y más baratos de construir.

El equilibrio entre el costo de las obras de sifones por tubería (fistulae) o el de arquerías de sujeción del canal (arcuationes), no siempre estaba resuelto a favor de la economía y, en el caso de proximidad a núcleos habitados, se resolvía intencionadamente a favor de las arquerías, cuyo espectáculo impactaba a la población y perduraba la memoria del promotor durante generaciones de forma mayor a cualquier otra. 

Muchas de las gigantescas y costosas arquerías como las de Segovia, Tarragona o del gran Pont de Gard de Nîmes, no resistirían un estudio económico de construcción y mantenimiento sobre soluciones basadas en otras formas de conducción por tuberías. Sirva de ejemplo el caso del acueducto del Gier en Lyon, en el que se establecieron hasta cuatro enorme sifones, uno de ellos de 2.660 metros de longitud y de 122 metros de fecha, constatándose en ellos un funcionamiento altamente eficaz durante la vida del acueducto. 

Los serios inconvenientes de mantenimiento de las arquerías no pasaron desapercibidos a Frontino: “La acción del paso del tiempo o la inclemencia de los temporales la padecen ordinariamente las partes de los acueductos que están sostenidas sobre arcos o las que están adosadas a las laderas de las montañas y, entre las arcadas, aquellas que pasan a través de un río. Y, precisamente por este motivo, las reparaciones pertinentes deben ejecutarse con diligente rapidez. Las partes subterráneas, que no se encuentran a merced de los rigores de las heladas ni de los calores, son las que menos daños soportan”.

Otros casos conocidos en el Imperio se prestan a análisis particular. El sifón de Aspendos (Turquía) es realmente la sucesión de tres empalmados entre sí por dos torres de descarga. La tubería de piedra permanece elevada en rasante horizontal sobre arquerías en mucha longitud, manteniendo constante la presión soportada en todo el tramo entre torres. Con ello, se logra reducir enormemente el volumen de las superestructuras a cambio de conducir el agua a presión.

Tal vez, el estudio económico de una solución en tubería de plomo, apoyada sobre el terreno la mayor parte, no fue lo suficientemente rentable y se optó por el espectáculo. Y el efecto final lo es, con 1.670 metros de acueducto de tubería de piedra elevada sobre arcos.

Usos del agua

Como hoy, el agua en el mundo romano era destinada en grandes cantidades para la agricultura. Se construyeron presas que almacenaban el agua con destino al riego por todo el Imperio, aumentando la producción y la riqueza agrícola de forma muy notable, de las que hoy apenas se conservan algunas. En España, son notables las destinadas a este fin, como la de Almonacid de la Cuba (Zaragoza), la de Muel (Zaragoza) y, probablemente, la de Alcantarilla (Toledo). La romanidad de Proserpina y Cornalvo, en Mérida, se ha puesto en duda recientemente. Otras muchas, que hoy se consideran romanas en España, no reúnen características estructurales ni pruebas suficientes para considerarse como tales.

Y no faltan aquellas en las que reformas o ampliaciones posteriores enmascaran o dificultan la identificación de la parte romana, si es que la hubo, como el caso de la presa situada a tres kilómetros de la ciudad romana de Andelos (Navarra), que hoy se promociona como de abastecimiento romano de agua de boca de aquella ciudad. En ocasiones, simples derivaciones de los ríos servían para suministrar el riego a grandes áreas. 

Tampoco fueron raros los usos industriales, como los molinos harineros y con realizaciones mucho más espectaculares en el mundo de la minería, donde el lavado del mineral requería, en ocasiones, cantidades ingentes de agua en lugares de dificilísimo suministro.

Pero el agua fundamental que los técnicos romanos tenían que procurar era la urbana. De ella dependía la higiene, la salud y el recreo de los ciudadanos.

Alrededor de manantiales con ciertas virtudes, surgieron ciudades enteras y muchas fueron dedicadas al agua y fundadas con su eje en este elemento. Solo en la Península Ibérica se conocen hoy un buen número que llevaron el agua en su nombre: Aquae Celenae (Caldas de Rey, Pontevedra), Aquae Quintiae (Baños de Guntín, Lugo), Aquae Flaviae (Chaves), Aquae Querquennae (Baños de Bande, Orense), Aquae Oreginis (Baños de Río Caldo, Orense), Aquae Bilbilitanorum (Alhama de Aragón, Zaragoza), Aquae Voconiae (Caldes de Malavella, Gerona), Aquae Calidae (Caldas de Montbui, Barcelona) y Victo Aquario (al norte del Duero, en Zamora).

Todas las ciudades romanas tenían suministro de agua aunque es bien cierto que, en la mayoría de ellas, no se conoce hoy el sistema utilizado con el que se consiguió. En su crecimiento poblacional, se le iban añadiendo otros nuevos suministros procedentes de nuevas captaciones.

Solo unos pocos presentan vestigios de arquerías para la canalización pero es que, realmente, solo unos pocos las tuvieron. La mayoría recurrieron a la canalización subterránea, enterrada o por tubería, causa por la que hoy nada se sabe de su existencia.

Nuevas dificultades encontraremos en la identificación de las fuentes romanas del agua, teniendo en cuenta que, en muchas ocasiones, la procedencia del agua de abastecimiento humano no se conoce en absoluto, ha sido supuesta sin pruebas o sencillamente se ha revelado errada y, por tanto, posteriormente cuestionada.

Captación

Es necesario insistir aquí en la cuestión fundamental de la calidad del agua de boca como el factor prioritariamente buscado por los romanos para el abastecimiento, pero nuestras suposiciones no tiene ningún valor frente a lo dejado por escrito por quienes vivieron el problema en aquel tiempo.

En los textos de Frontino, vemos has qué punto fue importante la calidad y el sabor del agua en Roma, problema que llegó a ser considerado asunto de Estado. Del mismo modo, encontramos en estos textos muchas de las técnicas empleadas para conseguir la mejor de las calidades en la captación o destinar a los usos más convenientes las aguas que no eran las mejores.

Frontino

“I […] Me ha encargado de la administración de las aguas, cargo que concierne no solo al provecho, sino también a la sanidad de la urbe. 

LXXXIX: ¿Y qué decir del hecho de que el afanoso espíritu del emperador, puesto con escrupulosísima puntualidad al servicio de sus ciudadanos, le ha parecido poco lo hasta ahora realizado al aportar gran abundancia de agua, creyendo haber contribuido poco a nuestra seguridad y deleite si no la convierte en más pura y agradable?

Vale la pena, pues, examinar por qué medios ha corregido él los defectos de algunas conducciones, aumentando la utilidad de todas ellas. En efecto, ¿cuándo, nuestra ciudad, al sobrevenir lluvias, por escasas que fuero, no tuvo aguas turbias y fangosas? Esto ocurre no porque todas las conducciones tengan este defecto natural desde su nacimiento o porque lo experimenten las que provienen de manantiales, principalmente la Marcia y la Claudia, cuya transparencia, intacta desde su nacimiento, nada o muy poco se enturbia por la lluvia, siempre que vayan cubiertas.

XC: Las dos conducciones del Anión son menos cristalinas, pues toman su agua de un río y a menudo se enturbian incluso en buen tiempo, por el Anión, aunque fluye desde un lago muy limpio, como consecuencia de la velocidad de sus aguas, erosiona las orillas y se enloda antes de llegar a los canales. Inconveniente al que se está expuesto no solo durante las lluvias de invierno y de verano, sino incluso en las de primavera, estación en la que se requiere sin duda una pureza más agradable del agua. 

XCI: El Anión Nuevo contaminaba a los demás porque, al llegar con un nivel muy elevado y, sobre todo, con mucho caudal, remedia la insuficiencia de los otros. Los fontaneros incompetentes lo desviaban a los conductos de los otros acueductos con más frecuencia de lo necesario, ensuciando incluso los acueductos dotados de suministro suficiente y, en especial, el Claudia, que venía por su canal independiente a lo largo de muchas millas y en la misma Roma se mezclaba con el Anión, perdiendo así su gran calidad.

Hemos descubierto que, incluso la misma Marcia, muy agradable por su frescor y claridad, suministraba su agua a baños, batanes e incluso menesteres indignos de ser mencionados.

XCII: Así pues, se resolvió la separación de todos los acueductos y la distribución de cada uno de forma que, sobre todo la Marcia, pudiese utilizase enteramente para la bebida y que cada uno de los restantes se destinasen a usos adecuados con su cualidad característica. Así, por ejemplo, el Anión Viejo que por muchas razones y, precisamente, por captarse a un nivel inferior es menos salubre, debería ser utilizado para el riego de los jardines y para los servicios más deletéreos de la misma ciudad.

XCIII: Y no tuvo bastante el Emperador con haber restablecido el volumen y la calidad de los otros acueductos que también entrevió la posibilidad de eliminar las deficiencias del Anión Nuevo. Así, dio la orden de abandonar la captación del agua del río y buscarla a partir del lago situado encima de la villa de Nerón, en Subiaco, en donde el agua es más clara. 

De este modo, al tener ahora el Anión su fuente en la parte de arriba de Treba Augusta, ya sea porque desciende a través de rocosas montañas con muy pocas tierras cultivadas en torno a esa plaza fuerte, o bien porque decanta sus sedimentos en los estanques en los que es recibido y por estar cubierto además por la sombra de los bosques circundantes, llega hasta allí muy frío y limpio. 

Esta peculiaridad tan excelente de su agua, que le lleva a igualar a la Marcia en todas sus propiedades e incluso superarle en caudal, reemplazará el agua sucia y turbia de antes, mientras una inscripción hará mención del Emperador César Nerva Trajano Augusto como su reciente constructor”.

Vemos entonces cómo los romanos buscaban el agua de mayor potabilidad, entendiendo con ello la que en origen era la más clara, la más fría, la captada a mayor altura y la de mejor sabor.

A continuación, insistían en conservar estas cualidades a toda costa, cubriendo los canales y evitando los rayos solares, evitando el arrastre de sólidos mediante la disminución de la velocidad del agua y eliminando el contacto con materiales erosionables.

Últimamente, han surgido tesis que viene a confirmar estos afanes imperiales que nos describe Frontino. Tas un estudio técnico-constructivo que concluye que las presas emeritenses no son de origen romano, el problema se acaba extendiendo a poner en cuestión el destino del agua represada, estancada o de mala calidad, para el consumo humano en el mundo romano. 

Otros textos clásicos apoyan estos desvelos de los técnicos romanos para preservar la salud de la población.

Vitruvio, libro VIII:

“1. Las aguas que discurren por terrenos llanos son salobres, gruesas, algo templadas y de mal sabor… excepto las que precedan de las mismas montañas que, siguiendo un curso subterráneo, broten en medio de la llanura; a la sombrea de los árboles resultan tan agradables como las aguas de los manantiales de alta montaña.

Si hay manantiales que hacen fluir el agua al descubierto, será sencillo disponer de ella, pero si no aflora al exterior, deben buscarse y deben captarse bajo tierra sus manantiales.

3. Por todo esto, debe ponerse la máxima atención y la habilidad en buscar y elegir bien los manantiales para proteger la salud de los humanos.

6. Su obra de albañilería debe ser abovedada, con el fin de proteger el agua de los rayos solares”. 

Paladio I

“4. La salubridad del agua se reconoce así: ante todo que no proceda de estanques o de charcas…

17: Resultará higiénico llevar allí el agua por tuberías de barro y que se recoja en una cisterna cubierta, pues el agua de lluvia es la mejor de todas para beber, hasta el punto de que, aunque pueda recurrirse al agua de ríos, que no es sana, deba dejarse para los baños y el cultivo de las huertas”.

Por tanto, debemos considerar acertada la conclusión de que el agua de boca en el mundo romano era buscada fundamentalmente en manantiales de calidad, en galerías de captaciones hechas al efecto o en aguas de montaña, frías y de calidad, captadas a partir de pequeños lagos o arroyos de montaña. Los pozos solo cubrirían los abastecimientos sin posibilidad de proceder de las captaciones anteriormente mencionadas.

Las presas, como agua estancada que son, no solían reunir la calidad suficiente para la función sanitaria buscada y, si en algún caso la reunían, esta calidad no era ni permanente ni comprobable por la tecnología romana, que para estos casos se basaba en métodos empíricos.

Existiendo la posibilidad de captar de manantiales y la técnica suficiente para traer el agua de muy lejos, en ocasiones de lejísimos, el riesgo de confiar la salud de la población al agua embalsada, por buena que fuera, era muy alto y, con ello, alejado de los usos, la inteligencia y el pragmatismo romano.

Conocemos varios casos de captaciones alejadas más de 100 kilómetros de la población a que abastecían, pero distancias entre 50 y 80 kilómetros de recorrido entre las fuentes y la ciudad eran muy habituales. Ocurría en regiones que, además, se caracterizan por no ser escasas en agua, por ejemplo en las Galias donde los acueductos de Nîmes y Arles tienen más de 50 kilómetros y do de los de Lyon tienen 70 y 86 kilómetros, respectivamente. En Alemania, el de Colonia tiene 75 kilómetros.

Existen bastantes casos en los que las captaciones han sido mal identificadas, en orígenes desde lo que los romanos nunca se hubieran servido, alimentando con ello las teorías que confirmaban que los ríos o las presas servirían para el abastecimiento de agua de boca.

Tal es el caso de la actual Zaragoza, donde desde hace años se había asumido que el río Gállego se derivaba a escasos 20 kilómetros de la capital para suministrar de agua del propio río a la población romana.

Sin embargo, a menor distancia todavía, se encuentran los potentísimos manantiales que abastecieron a la ciudad de Caesravgvsta, de los que hemos tenido noticias documentales de su uso por los romanos, que hemos conocido personalmente y que por su potencia, calidad, cota y distancia, no solo sirvieron de abastecimiento a la ciudad romana, si no que condicionaron decisivamente el lugar de su fundación.

Puede decirse hoy que Zaragoza está donde está porque estos manantiales, situado en torno a los lugares de la Joyosa y Marlofa, a unos 19 kilómetros al occidente de Zaragoza, manan aún hoy con un caudal impresionante, un agua cristalina y fresca. Hoy, sin embargo, suministran únicamente agua de riego a la acequia de la Almozara que recoge su caudal para que no se pierda en el río Ebro. 

Con apenas un metro de caída por cada mil de distancia llegaba el agua hasta lo más alto de la ciudad de Caesaravgvsta con un caudal que, a falta de cálculos no realizados, por el número y diversidad de manantiales y el soterramiento antrópico actual de algunos de ellos, sería en todo caso enorme, desmesurado incluso para la época. Hoy mismo, si no hubieran sido destruidos, aterrados o usurpados sin miramientos y aplicando las mejoras oportunas de captación en origen, ayudarían mucho en cantidad y calidad al abastecimiento de la actual población de Zaragoza. 

Y, para finalizar con otro caso cercano a éste, mencionaremos el de la ciudad romana de Bilbilis. La ciudad romana cuenta con un numeroso y complejo sistema de depósitos de almacenamiento y distribución, situados en la colina exenta en la que se construyó la ciudad.

También muestra evidencias de un consumo elevado de agua por la existencia de varias piscinas públicas en su zona más alta a las que además no pueden abastecer por gravedad la gran mayoría de los depósitos existentes.

A pesar de que los depósitos están instalados preferentemente en las crestas de la colina, lugares con cuenca de recepción nula y a pesar de existir una precipitación pluviométrica media anual de solo 300mm., lo que hasta ahora se ha escrito sobre el abastecimientos de Bilbilis es que se realizaba mediante el agua de lluvia almacenada en estos aljibes.

Pero los condicionantes orográficos e hidrológicos no han variado desde que se instalaron allí los romanos y todos los factores intervinientes siguen en su sitio. Las fuentes de Marivella, situadas a tres kilómetros al oriente de Bilbilis, han presentado siempre un caudal y una calidad excepcional, hasta el punto de haber sido vendida su agua en Calatayud por aguadores, hastas los años 50 del siglo XX, anunciándola en voz alta por las calles como “agua de Marivella”, a modo de marca de calidad.

Modernamente, su acuífero ha sido terriblemente sobrexplotado y rebajado de nivel hasta límites inimaginables, mediante pozos mecánicos de pequeño diámetro con bomba sumergida que alimentan a un hotel y a decenas de chalés con sus piscinas incluidas. Solo la gran urbanización allí instalada ha ocasionado que las mejores fuentes de la comarca permanezcan hoy prácticamente secas.

La situación de las fuentes de Marivella, cota (660 m.s.n.m.), su caudal y su calidad, fueron sin duda el condicionante principal que provocó que la Bilbilis Italica se encuentre donde está y no en otro sitio. No existió condicionante geoestratégico mayor que éste para la fundación de la ciudad en el cerro de Bámbola, ni otro motivo para que su trama urbana no supere la cota de las termas en dicho cerro, límite al que pueden alimentar las fuentes de Marivella.

La cadencia altimétrica en la que se fueron situando los depósitos y su alimentación sucesiva por tubería, de la que quedan restos en alguno de ellos, prueban una planificación seria del almacenamiento y la distribución en el destino. 

Pero mal pueden conocer el abastecimiento romano de la ciudad quienes llevan invertido en su estudio tanto tiempo y costo si tampoco disponen de la cualificación suficiente para abastecerla hoy, si tuvieran que hacerlo.

Bibliografía

  • BLÁZQUEZ HERRERO, C. 2005: Zaragoza. Dos milenios de agua.
  • ÇEÇEN, K. 1996: The longest roman water supply line. Estambul.
  • FEIJÓO MARTÍNEZ, S. 2005: Las presas y los acueductos de Agua Potable, una asociación incompatible en la Antigüedad: El abastecimiento de Augusta Emerita. Publicado en Augusta Emerita. Territorios, Espacios, Imágenes y Gentes en Lusitania Romana. Nogales Barrasate, T. 2005 (Ed. Científica). Mérida. 
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  • GARCÍA MERINO, C. 2006: Avance al estudio del acueducto de Uxama. Nuevos Elementos de Ingeniería Romana. III Congreso Europeo Obras Públicas Romanas. Astorga, octubre de 2006. Libro de Ponencias. 
  • GONZÁLEZ TASCÓN, I. 1994: El acueducto romano de Caesaraugusta. CEHOPU. MOPTyMA. 
  • GUILLÉN RIQUELME, M.C. 1997: Mazarrón, 1990. Ayuntamiento de Mazarrón. 


Autor. Isaac Moreno Gallo, Ingeniero Técnico de Obras Públicas e Historiador.

Artículo publicado en el número 374 de Cimbra (año 2007) y en el catálogo de la exposición “AQUARIA. Agua, territorio y paisajes en Aragón. Zaragoza, 2007.