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Juanelo Turriano, relojero del emperador, Ingeniero del rey

Martes, 17 Enero, 2023

Hace unos meses, en el Colegio de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas, recuperamos un extenso artículo sobre las Obras Públicas en el reinado de Felipe II (que puedes ver aquí). Dentro de dicha relación de hechos históricos, conocimos algo mejor la figura de Juanelo Turreno.

Continuando con el compromiso del CITOP para recuperar el legado de los grandes primeros Ingenieros, nos pusimos en contacto con la Fundación de Juanelo Turreno en España para conocer mejor la trayectoria de este profesional, que impulsó el desarrollo de grandes infraestructuras en nuestro país. Os dejamos aquí el artículo, también incluido en el número 422 de Cimbra, la revista de Ingeniería Civil del Colegio de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas.   

Hombre de ingenio, Juanelo Turriano, de origen cremonés, fue un destacado Ingeniero en dos de las cortes más importantes de Europa: la de Carlos V y la de Felipe II. Primero, ocupó el cargo de relojero y, posteriormente y ya con edad avanzada, solventó el gran problema de Toledo: el abastecimiento de agua desde el Tajo hasta la ciudad. Un inventor que ha pasado a la historia por su aportación a las Obras Públicas de nuestro país. 

¿Qué edificio tan raro es aquel que desde el Tajo sube escalando su Alcázar, encaramando cristales? Este tan celebrado Artificio de Juanelo, una de las maravillas modernas.

Baltasar Gracián, El criticón, 1653.

Horolog architect, “arquitecto de relojes”, era el título con el que gustaba calificarse el artífice, herrero, Ingeniero, astrónomo y matemático Giannello Torresani, Juanelo Turriano en España. Así aparece en la medalla conmemorativa fundida por Jacometrezo o en el pie del busto que se custodia en el Museo de Santa Cruz de Toledo, obra atribuida a Pompeo Leoni.

Ambos retratos fueron hechos en vida de Juanelo, lo que es indicativo del extraordinario prestigio que alcanzó entre sus contemporáneos, habida cuenta de que no era hombre de abolengo, sino un artesano de tosco aspecto, como le describe Gerolamo Vida, obispo de Alba: “…tan rudo, deforme y rústico es de cara y figura, y de aspecto tan poco distinguido, que no revela dignidad alguna, carácter alguno, indicio alguno de habilidad. Contribuye a aumentar su repulsión el verle siempre con la cara, cabello y barba cubiertos y tiznados de abundante ceniza y hollín repugnante, con sus manos y dedos gruesos y enormes siempre llenos de orín, desaseado, mal y estrafalariamente vestido, de forma que se le creería un Bronte o Esterope o algún otro siervo de Vulcano, que todo lo que hace lo moldea en el yunque con sus propias manos, trabajador de fragua nato”. 

En torno al año 1500, nació Juanelo en Cremona, ciudad lombarda, cercana a Milán y célebre, sobre todo, por ser la cuna del lutier Antoni Stradivari, nacido en el siglo siguiente. También fue oriunda de Cremona, y contemporánea de Juanelo, la pintora Sofonisba Anguissola, entre otras obras autora de un magnífico retrato de Felipe II custodiado en el Museo del Prado. Fue el rey Felipe uno de los dos soberanos a los que sirvió Juanelo, siendo el otro Carlos V.

Hacia 1525, después de constantes guerras y batallas, la Lombardía quedó en manos del emperador y, con ella, Milán, donde Juanelo trabajaba como oficial y luego maestro del gremio de los herreros. Pero habiendo mostrado desde muy joven sus extraordinarias cualidades, obtuvo el amparo y el apoyo del médico, astrónomo y matemático Giorgio Fondulo, bajo cuya dirección se formó en materias tales como la aritmética, la geometría, la astronomía, la astrología o la topografía, además de aprender a leer y a escribir. Pero no estudió latín, lo cual dio origen a cierto malentendido, pues algunos cronistas o historiadores creyeron que era analfabeto.

Hay que entender que el gremio de los herreros incluía a artesanos de altísima cualificación y muy especialmente a los constructores de relojes, entre ellos nuestro personaje, que ya destacaba por el diseño de algunos ingenios mecánicos como, por ejemplo, un candado con clave de siete letras, detalladamente descrito en sus obras por el médico y matemático Girolamo Cardano.

En 1550, Juanelo era ya un hombre maduro, que había llegado al puesto más alto de su gremio, pero es poco antes cuando inició el camino que le llevaría a la fama universal, primero como relojero de Carlos V, luego como autor del Artificio de Toledo. A mediados de la década de los cuarenta, la ciudad de Milán quiso honrar al emperador regalándole el reloj astronómico construido por Giovanni Dondi en el siglo XIV.

Sin embargo, el llamado Astrario necesitaba una profunda reparación, que se encomendó a Juanelo pero, en su lugar, éste propuso hacer uno nuevo, y a ello dedicó sus esfuerzos durante los siguientes años. Hay que señalar que un reloj astronómico no es sólo un instrumento para dar las horas del día, sino que es una simulación mecánica del universo, una simulación animada donde se representan los movimientos de los astros de acuerdo con la astronomía ptolemaica y, por ello, puede considerarse el ingenio mecánico más complejo de la época.

El nombre del construido por Juanelo es expresivo: Microcosmos. Por fin recibido el reloj, el emperador concedió al arquitecto de relojes una pensión anual de ciento cincuenta ducados, aunque quizás no se pagase con escrupulosa regularidad. Enamorado de los relojes, Carlos V encargó otro, el Cristalino, así llamado porque su caja era de vidrio, permitiendo ver el movimiento de los mecanismos.

Durante estos años, Juanelo viajó por Europa, siguiendo a su emperador, para mostrarle el progreso de sus trabajos. Una vez entregados los relojes, permaneció a su lado para hacerse cargo del cuidado y de la conservación de objetos tan delicados. Y es así que le acompaña cuando, en 1556, el emperador, tras abdicar, se retiró a Yuste. Es fama que, entre otras labores, allí fabricó pequeños autómatas para entretenimiento del monarca. En el National Museum of American History, Smithsonian Institution, en Washington, se conserva un pequeño monje, no especialmente hermoso, atribuido a Juanelo. También se le cree autor de una Dama tocadora de laúd, custodiada en el Kunsthistorisches Museum de Viena. La atribución más fundada es la referente a una figura de mujer que camina mientras toca el tambor, autómata perteneciente a una colección privada de Milán. 

Tras el fallecimiento de Carlos V, en 1558, Juanelo pasa al servicio de Felipe II para mantener los relojes, pero también para ejecutar las diversas tareas que le encomienda el rey, a modo de Ingeniero consultor. Entre otras labores, realizó informes sobre las obras de la presa de Tibi, la más alta del mundo en su época, sobre la construcción del azud en la Acequia Real del Jarama, y también sobre los trabajos en la acequia de Colmenar de Oreja. Se contó con su asesoramiento para la composición de la aleación usada para fundir las campanas de El Escorial.

Asimismo, estableció una sólida amistad con el Arquitecto real, Juan de Herrera, propietario de un retrato de Juanelo. Más tarde, hacia 1580, redactó una propuesta para la reforma del calendario juliano, pues es en ese tiempo cuando el Papa Gregorio XIII planteó dicha reforma, que dará origen al llamado calendario gregoriano, aunque no fue la propuesta de Juanelo la que finalmente se adoptó. 

Cuando Juanelo Turriano rondaba los sesenta y cinco años, una edad avanzada para emprender nuevos planes, y especialmente en aquella época, inició el proyecto del Ingenio de Toledo. Subir por medios mecánicos el agua desde el río Tajo hasta las cotas más altas de la ciudad, salvando un desnivel de más de noventa metros, era un desafío que no pocos Ingenieros de la época se habían planteado, siquiera de forma teórica. Superar tal problema era conquistar la fama y también la fortuna mediante la explotación del abastecimiento de agua.

La historia de los avatares económicos y administrativos de la empresa es bastante conocida. En 1565, se firmó un contrato entre Juanelo y el Ayuntamiento por el que éste pagaría a Juanelo por el suministro de agua si el caudal aportado por el Artificio superara una cantidad determinada. El 1569 se entregó la obra, que proporcionaba un caudal ampliamente superior al estipulado. Pero el agua se quedaba en el Alcázar, propiedad real, donde era utilizada en las obras que allí se realizaban y el Ayuntamiento no abonó lo convenido.

La situación económica de Juanelo se hizo muy difícil, pues era él quien financió la obra. Tras largas y penosas negociaciones, en 1575 se firmó otro contrato para construir un nuevo Artificio, que correrá paralelo al primero y que servirá a la ciudad. Segundo ingenio que entró en servicio en 1581, pero tampoco solucionó la economía del cremonense, que ya rondaba los ochenta años de edad, aunque, como se ha citado antes, aún tuvo ánimo y fuerzas para redactar la propuesta sobre la reforma del calendario.

Juanelo Turriano falleció en 1585, quedando el Artificio en manos de su hija Bárbara Medea y de uno de sus nietos. Los ingenios funcionaron algunos años más, pero la carencia de un mantenimiento adecuado hizo que dejaran de trabajar, canibalizándose uno para reparar el otro. Por otro lado, quizás el abastecimiento de agua a la ciudad estaba suficientemente cubierto por sistemas tradicionales, como aguadores o aljibes.

En  1612, Tomás de Angulo, secretario de Felipe III, escribe: “…aunque todos los oficiales y personas con quien lo comuniqué resuelven que cuando se repare y ande será de poco o ningún provecho, son de parecer que por grandeza y conservar cosa que tanto nombre tuvo, para mostrarle a las personas que acuden a Toledo, que es lo primero en que ponen los ojos… y los extranjeros y mucha gente que le viene a ver por la fama que tiene en todo el mundo, tienen grande lástima de ver que se pierda tan gran máquina y gran demostración de ingenio…” Es curioso ver que la única justificación que se da a su posible restauración es la de ser contemplado por los visitantes; ahora diríamos que para servir como atracción turística. En 1639, se realizó un inventario, ante el continuado pillaje a que estaba sometida la maquinaria. Y ésta es la última noticia disponible.

Como se deduce de las palabras de Tomás de Angulo, la fama del Artificio fue inmensa. Todos los grandes escritores del Siglo de Oro lo mencionan en sus obras, a veces repetidamente, como Lope de Vega, al que gustaba el juego de palabras con el significado de Artificio como disimulo aplicado al juego amoroso.

A veces la referencia era burlona, tal es el caso de Quevedo, pero en general se refleja una admiración que sin duda fue muy compartida, aunque tal vez no por los munícipes toledanos. En 1611, Covarrubias definía en su Tesoro de la Lengua Castellana la palabra “ingenio”: “Las mismas máquinas inventadas con primor llamamos ingenios, como el ingenio del agua, que sube desde el río Taxo hasta el alcaçar en Toledo, que fue invención de J(u)anelo, segundo Archímedes”; comparación con Arquímedes aplicada habitualmente a los más grandes Ingenieros de la época. Este renombre ha producido también no pocas leyendas, como la referente al hombre de palo, que incluso ha dado nombre a una calle toledana, o atribuciones erróneas, caso del manuscrito titulado Los Veintiún Libros de los Ingenios y Máquinas de Juanelo, no escrito por Juanelo, como tampoco escribió el manuscrito en italiano titulado Del Planispherio libri sei, conservado en la Biblioteca General de la Universidad de Salamanca. 

Resulta notable que, a pesar de esta gran fama, no hayan sobrevivido descripciones precisas de aquella maquinaria. No hay planos, ni dibujos o bocetos, ni aparece en representaciones pictóricas de la época. Tan solo un bosquejo contenido en el relato que de su viaje por España escribe el Chantre de Évora, Manuel Severim, en 1604. Lo que puede verse en algunos grabados posteriores es la edificación que albergaba la maquinaria, pero no a ésta (ver figuras incluidas en el artículo completo).

Sabemos que Juanelo hizo maquetas, enviadas al Papa para pedir privilegios de invención, lo que ahora llamaríamos patentes, pero han desaparecido. El inventario es de las piezas sueltas, que aportan datos importantes, aunque incompletos. Las descripciones literarias son ambiguas, a veces contradictorias. Como escribe uno de los viajeros que lo vieron, el belga Jehan Lhermite, citando al Arquitecto del rey, Juan Bautista Monegro: “…para dar a entender bien y explicar cabalmente el misterio de este ingenio sería necesario en primer lugar hacer un libro con las diferentes representaciones y… componer varias maquetas de madera, puesto que no hay en el mundo hombre capaz de comprender lo que es este ingenio por una sola representación”.

Se han planteado varias hipótesis sobre el Artificio, principalmente basadas en dos ingenios de cazos oscilantes descritos en el teatro de máquinas de Agostino Ramelli, Le Diverse et Artificiose Machine (1588). Uno dispone los cazos en un plano inclinado, el otro en torres verticales. Este último es el sistema empleado en la gran maqueta de la Diputación de Toledo y también en la animación en 3D que puede verse en la página de la Fundación Juanelo Turriano o en Youtube.

De la obra de Juanelo ha quedado muy poco: algunas placas de bronce para el baptisterio de la catedral de Cremona, una esfera armilar custodiada en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, el informe sobre la reforma del calendario, cuyo original se guarda en la Biblioteca Vaticana, quizá los tres autómatas antes mencionados… Los relojes astronómicos se perdieron en fecha indeterminada y, como se ha dicho, la maquinaria del Artificio fue desguazada en la primera mitad del siglo XVII. La obra civil permaneció parcialmente en pie, en estado más o menos ruinoso, hasta que fue volada en 1868. En el siglo XX, hubo varios intentos de reconstrucción parcial del Artificio, todos fallidos.

Autor. Bernardo Revuelta Pol. Director Gerente de la Fundación Juanelo Turriano.

Artículo completo en el número 422 de Cimbra, la revista de Ingeniería Civil del Colegio de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas, disponible aquí.