Las lluvias torrenciales: causas y efectos ejemplarizados en la ciudad de Zaragoza
Martes, 05 Marzo, 2024Con las noticias alarmantes sobre las crecidas del Ebro, que se repiten año tras año, analizamos el desarrollo urbanístico de Zaragoza desde la perspectiva y experiencia de Javier Goitia, miembro del Colegio de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas y Geógrafo. Una valoración de cómo ha crecido la ciudad y cómo se ha cuidado su entorno en un nuevo artículo de Cimbra, la revista de Ingeniería Civil del CITOP.
Conocemos la evolución de la ciudad de Zaragoza, a través de su desarrollo urbanístico y de cómo se han gestionado los cauces naturales para la vida en la urbe. Esta organización ha ocasionado lo que hoy son episodios cada vez más repetidos de lluvias torrenciales, que provocan graves daños y que alteran el día a día de los zaragozanos.
Era una tarde de sábado de mediados de mayo del 1968, cuando París hervía y los tres o cuatro estudiantes de la Universidad de Zaragoza que estábamos “de pensión” en la casa de la Señora Ángeles preparando los exámenes inminentes, nos asomamos a las ventanas alertados por el estruendo de una lluvia repentina tras una mañana soberbia con clarete y berberechos, que entonces eran muy apreciados.
No se podían abrir las ventanas porque el agua entraba con la fuerza de una ducha y nos dirigimos a la terraza donde la patrona colgaba la ropa y las chicas otros sábados se secaban el pelo al sol, para ser testigos de aquel fenómeno…
En instantes, más que negro, el cielo se puso de un color parecido al del café con leche (que no he podido olvidar) y la lluvia arreciaba a cada minuto con un ruido ensordecedor.
Cronometramos doce minutos de lluvia intensísima que atascó los sumideros desde el comienzo y en la terraza. Con los mechinales atascados, el agua alcanzaba ya los 42 milímetros cuando salí valiente sin camisa, con mi escalímetro y dos lápices unidos con esparadrapo a liberar de broza aquellos agujeros ciegos, porque el agua quería entrar en la sala superando el marco inferior de la puerta.
A diferencia de algunos compañeros de carrera y varios jefes, nunca en mi vida de Ingeniero Civil y Geógrafo he dudado de las cifras aparentemente enormes que daban los cálculos de precipitación para episodios intensos de lluvia ni me han parecido breves los cortísimos tiempos de concentración que se obtenían de los ábacos que usábamos para el dimensionado de secciones de drenaje. Tampoco me parecía exagerada la extensión de las manchas de inundación que se obtenían en gabinete. Creo que aquella tarde en Zaragoza fue un revulsivo del tipo del que toda persona con responsabilidades debería haber vivido.
La Zaragoza de los años sesenta era ya una gran ciudad que, tras centurias empujando al Ebro con kilométricas motas de tierra, hacía décadas que había condenado al río Huerva a llegar a ese Ebro por un túnel. La urbe gozaba un ensanche urbano armonioso y muy agradable en el que aquel aguacero apenas entró en algunas tiendas, pero ni siquiera los jóvenes más progresistas creíamos que la ciudad crecería mucho más allá de la Torre de la Feria de Muestras ni que llegaran las obras al Barranco de La Muerte o a la Estación del Arrabal.
Todos nos equivocamos
Sesenta años después, aquella Zaragoza es, probablemente, el ejemplo más elocuente de cómo un núcleo de atracción económica puede sorber la población y los recursos de un territorio de rango regional, transformándose en lo que los geógrafos llamamos “ciudad cabezón”. Esto conlleva un impacto ambiental y social inmediatos, con otro doble y difuso a añadir a más largo plazo, consistente en las pérdidas irrecuperables de tipo económico y cultural por haber sorbido la población, el capital y la cultura tradicional de todo Aragón e incluso más allá de su lima.
El Barranco de la Muerte discurre entre Monte Torrero y Acampo de Arraez, en cierta manera paralelo al serpenteante Huerva. Así, la Z40 ha aprovechado su depresión para completar el tramo entre la cuenca de este río y del Ebro: un corredor “de oportunidad” que estaba esperando el momento para convertirse en una pieza más que articulara el mosaico de espacios sueltos que se iban urbanizando en la zona meridional de Zaragoza. La septentrional, limitada por los montes de San Gregorio, los campamentos militares y el Parque Goya, ya había agotado las tierras baratas y con pocos condicionantes.
Barranco de nombre alarmante que ha salido en todos los medios de comunicación por la lluvia torrencial de primeros de julio, cuando varias personas estuvieron a punto de ser arrastradas por una tromba repentina de agua, barro, coches y furgonetas, contenedores y todo tipo de enseres.
El pasado jueves seis (de julio), Zaragoza se convirtió en noticia por la rapidez y por la violencia con que la barriada y urbanizaciones en torno al Parque Venecia (indicado con un círculo) se vieron barridas por una avalancha vespertina de agua que puso en peligro varias vidas. Ésta provocó destrozos en infraestructuras y en pabellones y dejó sumidos en el temor a padres y a familiares de los niños que pasan la mañana jugando y socializando en el colegio María Zambrano.
No son novedad las avenidas torrenciales a lo largo de la costa desde Cataluña a Huelva, ni en Baleares y Canarias (o de vez en cuando en Badajoz, Bilbao, Huesca o Jaén). En España, tenemos más de tres mil quinientas ramblas que todo el mundo conoce como lugares en los que una nube en super célula como la de la imagen o incluso otra más modesta puede desatar un proceso de dos millones de kilovatios de potencia durante media hora.
No son novedad y, como su capacidad de destrucción y su carácter sorpresivo eran de sobra conocidos, las generaciones anteriores miraban con recelo a cualquier manifestación atmosférica que se barruntara en el entorno de esas cuencas recurrentes. Dado el esfuerzo necesario para construir y la desolación de lo arrastrado por las avalanchas, éramos muy prudentes al quitar suelo a los cauces, aunque fuera solo prestado.
La situación cambió con el acero y el hormigón, que se hicieron comunes hace ya más de un siglo, con el vapor y los motores diésel, con la maquinaria de obra y los robots de ahora, con el cálculo diferencial y estadístico en el teléfono móvil y con las inversiones trillonarias que ofrecen fondos de origen desconocido.
Aunque llevamos ya casi 40 años sometidos a las Evaluaciones de Impacto Ambiental, en los últimos 20 hemos debido descubrir la forma de engañar a las Matrices de Impacto y el país ora arde, ora tiene sus aguas eutrofizadas, ora sus tierras invadidas por especies llegadas en avión o sus mares infectadas por las aguas de lastres y lixiviados.
Así, cada vez con más frecuencia son los paisajes desnaturalizados, las inundaciones que se comen las motas o las avalanchas explosivas como la del Barranco de La Muerte las que nos recuerdan que no estamos haciendo algo bien y que no queremos reconocerlo.
Yo, Ingeniero Técnico de Obras Públicas y Licenciado en Geografía, he tenido la suerte de consumir mi vida profesional en una empresa de ámbito nacional en la que -tempranamente- me vi metido en lo que cándidamente llamábamos “incidentes ambientales”.
Suerte o destino que nos llevaba a sufrir semanal, diaria y, a veces, minuto a minuto, la información de hasta 148 tipos de esos incidentes que se registraban en “GIS” desde 1992. También de forjar el fondo técnico, científico y moral a base de disgustos a veces injustamente desproporcionados, como cuando un episodio de lluvia intensa cien veces inferior al de Zaragoza se cebó en una autovía recién estrenada. Las lluvias condujeron las venas del aguacero directamente a una subestación eléctrica con mil toneladas de agua (casi nada) llegó al edificio “de baterías”, donde se guarda la energía para hacer maniobras cuando fallan las líneas.
Fallaron las unas y las otras y dos poblaciones de 50.000 habitantes quedaron casi un día sin corriente amén de casi un millón de euros en equipos y en pérdidas de facturación.
Los técnicos, cada vez más especializados, sabemos muchísimo respecto a “nuestro palo”, pero somos ignorantes en casi todo lo demás. Este es un gran fallo del sistema educativo que también tiene su reflejo en otras disciplinas (Medicina y Salud, Derecho, Enseñanza, Milicia y Policía, Transporte y Comercio, etc.), pero que en nuestro caso suele tener consecuencias agudas y alarmantes, que se olvidan en un mes.
Esa queja ha de resolverse mediante una sesuda sesión conjunta de conocimiento y de honradez y ya estamos tardando mucho en ponerla en marcha porque los avisos de científicos y otras muchas personas sensatas, así como los recados que nos envían las aves, los cetáceos, las abejas y las medusas coinciden en que la prisa con que vivimos, construimos y consumimos es una trampa.
Otra parte crucial (quizás más grave por su extensión) del problema, es la división administrativa del país en la que la célula elemental de decisión es el ayuntamiento como expresión de un municipio. Grave, gravísimo, que lleva a unos ayuntamientos a tener más de tres millones de habitantes, mientras otros solo tienen tres.
El municipio y su ayuntamiento fueron entes adecuados mientras la vida era movida por animales, agua y viento, el correo se hacía con postas y la llamada a ceremonias o alarma se basaba en las campanas. Hoy es tan inapropiado como sería viajar en carro por una autopista.
El convertidor de acero, el ferrocarril, el cemento Portland, los motores térmicos, los ascensores, la química orgánica y el amoniaco de síntesis, los semiconductores e internet, están pidiendo a gritos una forma diferente de organizar el territorio que no puede ser otra que la de volver a las cuencas y a las lindes por las cumbreras donde discurren los cordeles. Cuencas que generalmente son un buen soporte para organizar la dinámica territorial, algunas muy amplias, otras menores y todas ellas armoniosamente enlazadas.
Estamos perdiendo un tiempo precioso y estamos destruyendo, en décadas, sistemas que han tardado decenas de milenios en ajustarse.
Decanos y rectores de universidades e institutos, de Colegios Profesionales y asociaciones culturales, dirigentes y números de organizaciones agrarias, pesqueras, industriales, culturales y políticas, ejecutivos que vivís el estrés que ya sufríamos otros hace 30 años: tenemos una tarea relativamente fácil de acotar y que casi todos asentiríamos con satisfacción. No hay que tener miedo ni prisa, pero es necesario un límite temporal, digamos, 60 años, dos generaciones, para diseñarlo e ir pensando en su aplicación.
¡Si no es nada!
Vuelvo a lo de antes. A escala pequeña hacemos trabajos primorosos, pero a la grande, cuando se llega al valle, a la comarca y a la región, todo se desbarata sin apenas una percepción universal.
Somos muy pocos los que llevamos el filtro adecuado en las gafas para ver lo que hay enfrente sin pasión y sin distraernos con esa maravillosa “ciudad de los 15 minutos” que se ha puesto de moda. Ésta trata de salvar de la hecatombe al principal agente de la desarmonización del sistema mundial: el urbanismo, una voz que la mayor parte de los académicos relacionan con la ciudad ejemplar de hace dos milenios.
Esto, en nuestra lengua canónica, el vascuence, tiene una trascendencia grave: “urbatu” era la acción de arrancar la capa de suelo vivo para formar un redil para alguna actividad conmemorativa, algún enterramiento, túmulo o cosa parecida. Los nómadas no aspiraban a tener ciudades y algunos creemos que de ahí llegó el “urbi-urbis”, ahora a una escala que más te asusta cuanto más sabes.
La tecnología tiene que volcar su inteligencia y su capacidad normativa en la durabilidad de sus productos; la ciencia, en crear una imagen global de vocación del suelo; las universidades y las academias, en diseñar la transición y la posterior conservación de un mundo más armonioso; y gran parte de la fuerza de trabajo tiene una tarea muy reconfortante dedicándose a recuperar aguas, suelos, aire y paisaje degradados. Hay trabajo para cien años.
Autor. Javier Goitia Blanco. Ingeniero Técnico de Obras Públicas, Licenciado en Geografía y Máster en Cuaternario. Investigador de Toponimia y Etimología.
Puedes acceder a este artículo completo en el número 424 de Cimbra, la revista de Ingeniería Civil del Colegio de Ingenieros Técnicos de Obras Públicas.

